enero 28, 2010

Música de las provincias altas de Arequipa




Provincia de Caylloma

Mirtha Esther
Nació en 1981 en Arequipa, hija de Moisés Cutipa, natural de Coporaque y de Benita Condori natural del distrito de Madrigal. Inició sus actuaciones en 1990 en el distrito de Chivay, luego siguió participando en diferentes actividades y concursos de música, muchos de los cuales ha ganado. Compone la música y letra de sus canciones. En 1999 grabó su primera producción de huayllachas en casete. En el 2006 lanzó una segunda producción en CD. Actúa en la ciudad de Arequipa, y en distintos pueblos de Caylloma

Maquinerito (huayllacha)



Provincia de Castilla

Los Compadres del Sur
Pampacolca, Perla del Coropuna (huayno)

Pampacolca, tierra de mis ensueños
tierra de Juan Pablo Vizcardo y Guzmán
hermoso Coropuna, guardián indomable
picachos nevados, orgullo de mi tierra

Praderas hermosas, y sus grandes valles
aqui Los Compadres te cantan tu nombre
que viva mi tierra, linda Pampacolca
hermoso terruño donde yo he nacido

Provincia de La Unión

Quinteto Unión
Cotahuasina del alma (huayno)
Album "Mi Cotahuasi"
Fundado en 1975 por Guido Vera, Lizardo Cornejo Hinojosa, Leonidas Vera Amézquita, Wilfredo Cornejo Hinojosa y Edmundo Loayza Alatrista.



Cotahuasina del alma
¡alalau,qué frío que hace!
¡alalau chirihuayrita!
tapame con tu mantita

Ahi sale la luna lenta, turbia
cuando le da el viento
si porque canto se nubla
si porque lloro, se ríe

Tu eres como la paloma
que va a casa a beber agua
y por beber agua clara
la enturbiaste con tus alas

Me voy a ir, me voy a ir
a una tierra muy lejana
donde nadie me conozca
donde nadie por mí llorará

Si tu te vas, si tu te vas
a esa tierra tan lejana
será por bien por mal,
será por quererte cholita
será por amarte negrita


Provincia de Condesuyos

Los Trovas de Chuquibamba
Adiós Chuquibamba (huayno)
Fundada en la década de 1960 por Enrique Luque Medina (compositor de los temas), Carlos Mogrovejo Becerra y Jaime Silva Velarde.


De la lejanía te contemplo
las nubes me impiden, no puedo mirar
bello Chuquibamba, te he perdido
junto a la llovizna que tuviste
lágrimas me faltan para llorar
corazón me sobra para sufrir

Solo el sentimiento es testigo
no quiero alejarme, lo juro por Dios
tus lindas campiñas se quedarán
tus cerros quebradas adiós me dirán
pero te prometo no te olvidaré
dentro de mi pecho yo te llevaré

Vuelvo la mirada, te quedas atrás
envuelto en mi llanto tengo que partir
adiós Chuquibamba tierra de mi amor
cuna de mis padres (...) de ti
tarde o temprano tendré que volver
a vivir tu dicha y tu felicidad

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Links

Quinteto Unión en el tiempo
Música del Valle del Colca (Caylloma)


enero 25, 2010

Aproximaciones a la música y la danza mochicas


El siguiente texto forma parte de la publicación en línea "Los mochicas", que hace algunos años publicó perucultural. Cada título de sección en este post, va directo a la URL que permite ver todas las las ilustraciones señaladas numéricamente. Para cotejar las citas bibliográficas que hace el autor, es necesario consultar la fuente virtual original: http://losmochicas.perucultural.org.pe/
//m. cornejo



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Fuente:
Los mochicas
Rafael Larco Hoyle
Lima : Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera, 2002, 2 t. (T. II, pp. 166-181)

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Músico ciego con tambor (fig. 176)
El pueblo mochica, como todos los pueblos de la humanidad que llegaron a un alto grado de civilización y de refinamiento en sus artes, encontró en la música y la danza, a la vez que un deleite espiritual, la más viva y animada expresión de sus sentimientos y de su mundo anímico. Ambas traducen un sentido, toda una filosofía y, para que no pierdan en elevación y nobleza, se les da un origen divino, como en el caso de los mochicas, que concebían la música y la danza como atributos supremos de la divinidad y los más generosos dones concedidos por ella a sus hijos predilectos.

Son innumerables las representaciones escultóricas que encontramos en el arte mochica dedicadas a los músicos. Los instrumentos hallados y las pictografías, que son anécdotas bien logradas de esta actividad, prueban el arraigo de ésta en el pueblo que nos ocupa y su intervención en los ritos y costumbres, que fueron modelando las instituciones religiosas, gubernamentales y guerreras.

Comparsas de músicos y danzarines aparecen como personajes importantes en las solemnes ceremonias del culto divino. En la celebración de los éxitos bélicos, en las festividades en homenaje a sus grandes jefes, y en toda manifestación en que el alma colectiva vibrara plenamente. Un atento estudio de esta modalidad mochica nos permite clasificar su música y danza en danzas de carácter agrario y todas las que se refieren a la organización del trabajo. Las danzas, como todo el arte mochica, están embebidas de un profundo simbolismo. Hoy en día existen en el interior del Perú, en la zona de los Andes propiamente, rezagos de este arte antiguo, que, con acusadas diferencias locales, ofrecen una gran unidad de fondo en todo el Perú precolombino.

Encontramos danzas de carácter guerrero como “los pallos”; otras de carácter religioso, decididamente influidas por el cristianismo, aun cuando en sus raíces palpita ese sentido panteísta del hombre peruano; y finalmente, algunas de modalidad rural, como la muy hermosa danza denominada “los yungas” y “los aucas”, que hemos descrito en la publicación dedicada a la Agricultura.

¿Cómo fue la música mochica? He aquí un tema erizado de obstáculos para su segura dilucidación. ¿Fue como la pentatónica incaica o como ese sistema pre-hispánico con semitonos de algunas altas culturas andinas, tan hábil y profundamente estudiado por el argentino Carlos Vega?

La pentafonía de la música aborigen peruana ha sido ampliamente estudiada. Vicente Forte, crítico musical argentino de firme prestigio y muy profunda cultura, hace al respecto las siguientes observaciones: “Sería pueril imaginar en uno la pretensión de haber descubierto el pentatonismo en el cantar americano. Los estudiosos saben perfectamente que ello ha sido fijado ya en los trabajos de Alomía Robles, Alviña, y en Friedenthal (Des Incas) (1925), que es el trabajo más completo que se ha hecho de la música incaica. Tampoco es nuestro intento recordar de nuevo la teoría del pentatonismo, problema que ha sido ya tratado por muchos musicólogos, y especialmente por el gran Gevaert, en su Traité d’harmonie, obra fundamental para los que quieran penetrar en la estructura modal de las canciones populares”. El pentatonismo ha sido acusado de monótono, pero Gevaert, citado por Forte, dice magistralmente: “La ausencia de disonancias y semiconsonancias da a las melodías pentatónicas una dulzura singular”. Y Hugo Riemann (también citado por Forte) dice a su vez: “Las melodías basadas sobre esta escala tenida por defectiva son sanas y vigorosas, libres de todo afeminamiento y se pueden entender siempre en sentido mayor y menor”.

Como ya indicamos al comenzar este capítulo, Carlos Vega, junto a la música de cinco tonos del Perú prehispánico, asegura que existió y sobrevive un sistema muy antiguo con semitonos, habitual a las altas culturas andinas. Basa el citado autor esta teoría en el estudio de un juego completo de flautas de Pan, introducidas de Bolivia a la provincia de Jujuy en Argentina. Y dice: “Cada instrumento, cada pieza independiente, es solamente la mitad del instrumento. Se necesitan dos piezas compañeras, tocadas por dos hombres, para que la ejecución de melodías sea posible. Pues si en una flauta está la nota do, en la otra está la nota re, y así sucesivamente. El procedimiento de distribuir la escala entre dos instrumentos es conocido tanto en América (Noroeste del Brasil, Perú y Bolivia), como en el Pacífico (Indonesia, entre otros)”. La escala norma que se obtiene de la afinación de las flautas de Jujuy es la siguiente: Do, Re, Mi, Fa sostenido, Sol, La, Si. Y el autor aludido la explica así: “Esta gama se diferencia de la de do mayor europea, en que tiene fa sostenido, en vez de fa natural, y ese fa sostenido es la sexta quinta del círculo que siempre, en cualquier nota que empecemos, viene a quedar a intervalo de cuarta aumentada de la nota inicial”.

Madame D’Harcourt llamó “mestiza” a esta escala. Resultado, según esta ilustre investigadora, de la influencia de los cantos litúrgicos europeos en el músico aborigen, cuya sensibilidad impresionaron tan extraordinariamente que le obligaron a añadir los grados de que consta dicha escala, distinta de la gama pentatónica americana, y que ha sido utilizada por todos o casi todos los pueblos primitivos. Hecha esta glosa de suyo tan interesante, queremos dar nuestra opinión sobre la música mochica.

Las flautas y antaras encontradas en las tumbas norteñas son similares a las halladas en Nasca. Estudios hechos últimamente nos demuestran que los nativos costeños no usaron la escala pentatónica, sino la de siete notas. Y vamos más allá, pues en las pictografías se comprueba la existencia de conjuntos musicales con instrumentos de mayor o menor tamaño, que, como los que emplean los indígenas de hoy, son confeccionados adrede en notas diferentes, con el objeto de producir música armoniosa y rica en tonos.

Nuestras observaciones nos permiten aseverar que existían verdaderas orquestas a base de flautas de Pan, quenas, tambores y sonajas, cuyos sonidos combinados producían melodías en extremo hermosas. Estimamos que entre los mochicas existían conocimientos profundos de las leyes y reglas que rigen la acústica, conocimientos que aplicaban a la factura de sus instrumentos y hasta en los vasos llamados “silbadores”. Respecto de estos curiosísimos vasos, es interesante anotar que los sonidos que emiten son muy semejantes a los de los animales que se representan en esos vasos, y en los casos en que el cacharro representa a la muerte, el sonido que produce es lúgubre, quejumbroso.

Entre los músicos mochicas, como sucede hoy, abundan los ciegos en su cerámica, tocando quenas y tambores (Fig. No. 176). Fue una profesión lucrativa y muy estimada, y seguramente el músico tuvo en la escala social de este pueblo una buena ubicación.

Instrumentos

Caramillos

Los antiguos mochicas utilizaron caramillos de cinco, seis y siete tubos, hechos de cañas o carricillos, de arcilla y de plata. Se conocen estos instrumentos en el norte con el nombre de andarillas, mientras que los quechuas los llamaban antaras (Fig. No. 177). Entre los objetos chimús que posee el Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera, hemos encontrado caramillos de plata muy pequeños y de cuatro a cinco tubos. Parece que el tamaño variaba de acuerdo con las notas que se querían dar.

Las siringas de los antiguos peruanos, hermanas del célebre caramillo del dios Pan, son utilizadas hasta hoy por todos los pueblos de la sierra peruana y boliviana, y en general por el indio. Son famosas las zampoñas de los habitantes de la hoya del Titicaca. Si bien estos instrumentos son rarísimos y el Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera cuenta solamente con uno de ellos, a menudo encontramos individuos tocándolos. En las tumbas nasquenses se han hallado muchas antaras hechas de barro que han soportado la acción destructora del tiempo.

Quenas

Las flautas o quenas eran hechas de huesos humanos, de huesos de llama y de alas de cóndores. Las más grandes eran de caña. Las pequeñas, de hueso, que tenían tres, cuatro y hasta cinco orificios, emitían sonidos agudos, y las de caña, que llegaban hasta seis huequecillos, producían sonidos un tanto graves, de un dejo triste, casi lúgubre (Fig. No. 178). Las embocaduras de estos instrumentos eran exactamente iguales a las quenas que se usan hoy en todo el Perú.

Trompetas

Existían varios tipos de trompetas. Las de caracol, que estaban hechas de arcilla, imitan en sus formas los diferentes tipos de este marisco que tanto abunda en la costa del Perú (Fig. No. 179), y aquéllas en las que se utilizaba el Strombo, que llevaba embocadura de cobre o de plata en el extremo más cerrado (Fig. No. 180). Siendo muy raros estos moluscos, parece que sólo eran utilizados por los grandes jefes. En este caso eran adornados con incrustaciones de metal, concha de perla, concha de abanico, turquesas, y con estas, otras piedras preciosas de colores vivos que se adherían al instrumento mediante una materia resinosa. El sonido que producían estos instrumentos era grave y profundo, lo que hacía que fueran principalmente empleados en los toques de guerra. Su impresionante eco era escuchado a grandes distancias, y tenía toda la vibración y embrujo de un toque de somatén para las masas.

Los mochicas, siguiendo la forma que adoptaban los caracoles, hicieron las trompetas de vuelta semejantes a la espiral de la trompa moderna, cuyos sonidos son idénticos a los que producen las que acabamos de describir (Figs. Nos. 181, 182 y 183). Había también trompetas rectas que emitían un sonido fuerte y menos grave que las otras en espiral (Fig. No. 184). Las trompetas llevaban un hueco en el espacio más angosto, por el que pasaba una cuerda para poder sostener el instrumento alrededor del cuello de quien se servía de él (Fig. No. 185).

La danza

Danza "Los yungas" (fig. 191)



Son pocas las pictografías mochicas que poseemos en todo cuanto se relaciona con la coreografía de esa época. En las que existen en el Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera se percibe que en esa etapa toda danza era colectiva e igual a las que se practican hoy en los pueblos andinos de la América del Sur.

Al observarse los atavíos pueden diferenciarse dos tipos: los guerreros y los populares. En las danzas bélicas tomaban parte individuos lujosamente ataviados en calidad de simples soldados, quienes eran dirigidos en sus movimientos por otros que exhibían la indumentaria y atributos de los grandes jefes. Todos llevaban, pendientes de las piernas, gran cantidad de cascabeles y maichiles, que imprimían alegría y sonoridad, y colaboraban en sus ágiles esguinces y vueltas.

Hemos observado que algunas de las danzas eran ejecutadas con los bailarines cogiéndose de una cuerda. La música del acompañamiento era de quenas y tambores. Si bien en los bailes populares la indumentaria que muestran los danzantes es menos vistosa que la de los guerreros, sí guardan similitud con la de éstos.

Entre estas danzas populares se destacan las realizadas en homenaje de los grandes señores. La figura No. 190 nos presenta una de estas escenas. Los danzarines, cogidos de la mano, siguen a un músico con su tamborillo. Todos inclinan humildemente la frente en acto de sumisión al hombre superior, igual que hoy –como ya hemos dicho– hacen los pueblos de la sierra peruana en sus bailes de pleitesía a una imagen venerada, generalmente del santo patrón de la aldea o de un personaje de relieve entre ellos. En las danzas de pleitesía que se ejecutan hoy es curioso anotar que de la época mochica subsisten la faldilla, los gorros y los adornos de tela sobre los hombros; pero no debemos olvidar que en estas últimas ha dejado una huella profunda el cristianismo, y que al ser bien analizadas, resultan en una mixtura de culto a la naturaleza y al Dios cristiano, de paganismo y de fe católica.

Ya llevamos dicho que las danzas mochicas eran de tres tipos: religiosas, guerreras y populares. Estas danzas ofrecían un profundo sentimiento simbólico, y muchas han sobrevivido hasta hoy, principalmente en los pueblos andinos. Respecto de las danzas indias actuales, rica herencia artística del antiguo Perú, vale la pena recoger estas interesantes observaciones, formuladas por Uriel García: “Gran parte de las danzas indo-peruanas mantienen un estrecho vínculo con el sistema de trabajo y producción, especialmente aquellas que se originan de costumbres prehistóricas. El trabajo dio carácter y estilo a la expresión del sentimiento estético y hasta a la vida en general. Ningún pueblo como el de las serranías del Perú está en tan íntimo ligamen con la tierra productiva, con la naturaleza valorizada, ya como concepto de intuición sensible, ya como emoción de contenido irracional.

Danzas religiosas en forma de conjuros y simbolismos mágicos, danzas deportivas, guerreras, costumbristas y amatorias, todas tienen en lo más íntimo de su estructura un nexo con el ambiente tomado como valor. En su mayor parte vienen a ser parodias o exaltaciones placenteras del trabajo, de la intensa lucha del hombre con los medios de vida”.

La danza de “los yungas” y “los aucas” (Fig. No. 191) es precisamente una hermosa parodia de las faenas de la siembra y de la vida agraria en general. Y ésta, como las otras de este tipo, encierra gran simbolismo. Exaltan la actividad productiva, que crea bienestar y riqueza. Son bellas anécdotas de la labor agraria en todas sus fases, desde la iniciación de los cultivos roturando la tierra y abriendo acequias de regadío, hasta la recolección de los frutos, con pasajes como el de la siembra, sugerentes como pocos: la sembradora, en lugar de semillas, utiliza flores en la danza, las mismas que va depositando en los surcos simulados, acompañándose de movimientos rítmicos de gran plasticidad.

Estas danzas agrícolas practicadas hoy son supervivencias de las mochicas; es por ello que el pueblo llama a quienes toman parte en ella “la banda de los yungas” o sea, los danzarines de “las tierras calientes”, como en el antiguo Perú se denominaba a los valles del litoral.

Danzas guerreras

Las danzas guerreras mochicas, que figuraban en un mismo plano con las agrícolas en la estimación de este pueblo, se caracterizaban por movimientos rítmicos bastante bruscos, demostrativos de la energía y pujanza de los guerreros que las desempeñaban. Un alarde de vigor, de fuerza animal violenta, daba color a estos bailes (Fig. No. 192). Los danzarines llevaban faldilla corta y muy vistosos adornos de cabeza. Todos danzaban a los sones de quenas y de un tambor; los golpes de tambor los hacían variar de movimientos. Este instrumento marcaba el ritmo coreográfico.

En las actuales danzas guerreras, reminiscencia de las de los tiempos que investigamos, los bailarines (Fig. No. 193) forman grupos de diez a doce personas que ejecutan variadas evoluciones alrededor del músico que ocupa el lugar central. Danzan en círculo, siguiéndose los unos a los otros, movimiento que luego varía en una incursión hacia el centro, y después viene el cruce de espadas o pañuelos, que han sustituido a las porras mochicas. Son incansables, ya que danzan día y noche durante la celebración de fiestas religiosas o en los homenajes a los notables de la población rural en que actúan. Los vestidos que llevan atraen por la vivacidad de sus colores. En el cuello suelen lucir collares de variadísimas formas. Los danzantes, humildemente, al iniciar y terminar sus giros, se postran ante el personaje de sus homenajes, como parece hacían los mochicas, según las pictografías que nos quedan de ellos.

Danzas religiosas

Un estudio minucioso de los vasos de carácter religioso que poseemos nos ha llevado a la conclusión de que en las grandes ceremonias religiosas existían danzas de carácter simbólico en las que individuos con máscaras y atavíos adecuados representaban la vida de la divinidad humana Ai Apaec, y muy especialmente sus triunfos sobre los demonios que mantenían en constante zozobra al mundo.

Si observamos cuidadosamente estos casos, los individuos tienen sobre la cabeza, y aseguradas con amarras, máscaras hechas con los rasgos característicos de la divinidad, del demonio vampiro, del demonio Strombo, del de las Piedras y demás. Otros representan a los pájaros, inseparables compañeros de Ai Apaec. Es de suponer la brillantez de sus festividades religiosas, a base de estas evocaciones simbólicas en las que ponían todo su arte en las danzas, en la música, así como en la belleza de los atavíos.

La costumbre de utilizar estas máscaras perdura hasta hoy, con la diferencia de que la influencia decisiva del cristianismo ha modificado el fondo; y hoy en nuestras serranías, así como en Huanchaco, pueblo costeño, en las festividades religiosas salen las comparsas de danzarines con máscaras de diablos. En Cajabamba, estos individuos realizan durante la festividad la labor de policía, manteniendo el orden en las calles. Llevan en una mano un sable y en la otra un largo látigo. Son, en realidad, durante la fiesta, los dueños del pueblo, y tienen derecho a cometer todas las diabluras que se les venga en gana. Los asistentes soportan a veces el castigo que éstos les imponen con sus látigos, sin decir palabra, cosa que no aceptarían ni de los agentes policiales. Y al pasar cerca de las personas que venden comestibles ensartan con su espada lo que quieren, y se lo llevan entre saltos y movimientos grotescos, ante las risas y alegría del público, y la mirada resignada del que ha sufrido el perjuicio.

Es interesante notar que la vestimenta de los diablos de Cajabamba se asemeja mucho a la de los danzarines que encontramos en las pictografías. Usan faldilla corta, pantalones a la pantorrilla de colores variados y adornados con lentejuelas que dan al vestuario destellos de luz y colorido.

En conexión con estas costumbres, es más interesante observar lo que en Santiago de Chuco se llama La Banda de la Región. También se compone de diablos que llevan máscaras, cada cual más grotesca y exótica, que constituyen el terror de los niños. Usan largos látigos, pero al contrario de los diablos de Cajabamba, no usan faldilla sino vestidos corrientes con casaquilla corta de colores verde, rojo, morado, entre otros. No solamente tiene ésta el baile y la música, sino que presentan cuadros jocosos y de carácter religioso. Toman parte en esta danza: un ángel, una mujer y Lucifer (Fig. No. 194), que es el jefe de la comparsa. La mujer es asediada continuamente por el diablo, y el ángel armado de una espada la defiende. Si bien esta escena tiene todo el barniz del cristianismo, es posiblemente un rezago de las luchas de los demonios con el dios que representaba el bien en el universo. En la figura No. 338, en el capítulo referido a la religión, aparece Ai Apaec llevado por sus dos amigos, los pájaros, después de las terribles luchas con los demonios. Existe en nuestras serranías una comparsa por demás interesante llamada Los Gavilanes (Fig. No. 195), compuesta de tres personas: el gavilán macho, el gavilán hembra y el polluelo. Llevan estos individuos máscaras idénticas a las que vemos en la citada pictografía y en muchos huacos.

Es indudable que en el folklore peruano de hoy, que desgraciadamente tiende a desaparecer, existen aún los rezagos de las culturas prehistóricas que se desarrollaron en cada región de este país. La civilización moderna ha destruido casi totalmente estas costumbres en la costa; y hoy, como si el alma indígena buscara un lugar en donde supervivir con su música y sus danzas, se ha retirado a las montañas, y guarda como un tesoro estos rezagos del pasado que constituyeron la nota vibrante de su liturgia y de sus festividades conmemorativas de las proezas gloriosas de su raza.


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enero 17, 2010

Señor de Ucupe


Las primeras exploraciones de este proyecto arqueológico se iniciaron en el 2004, con el apoyo de la National Science Foundation E. U., la Universidad de Texas en Austin y el Museo Tumbas Reales de Sipán.

El equipo dirigido por Steve Bourget inició poco después las excavaciones en la Huaca El Pueblo, que culminaron con el hallazgo en el 2008 de la tumba de un señor moche que vivió hace unos 1700 años en el valle de Zaña (Lambayeque). Indicios de su existencia ya habían sido advertidos en los años 80 por Walter Alva. Una vez lograda buena parte de la excavación, se ha dado a conocer al mundo en el 2009.

Se trata de un señor de menor rango que el Señor de Sipán, integrante de su élite, pero en términos arqueológicos es un descubrimiento de similar importancia, pues da más forma a la reconstrucción del contexto de desarrollo de la civilización moche en el norte del Perú. Es alentador saber que este sitio no sufrió los embates del tráfico de patrimonio que padece el Perú, la experiencia de la tumba del Señor de La Mina (perteneciente al mismo contexto), debe haber sentado precedente para que los pobladores de lugar tomen mayor conciencia sobre la importancia del rol que tienen para la conservación de su patrimonio.

No sólo destacan los ornamentos y artefactos de metalurgia, sino la fina cerámica, artes que guardan un estilo muy similar al encontrado en otros sitios arqueológicos de la zona, como se explica en el informe gráfico del proyecto. La trascendencia de este hallazgo ha hecho que el ultimo número de la revista especializada “Archaeology”, lo considere el más importante del 2009.

Los objetos hallados se encuentran temporalmente en el Museo Tumbas Reales de Sipan, mientras se construye un museo de sitio para este digno representante del pueblo moche.



Llama la atención por ejemplo, el hallazgo de objetos inusuales como las sonajas de esta foto, si bien han sido representadas en la escultura cerámica (izq.), es la primera vez que el objeto real es encontrado (der.)




Links

Sitio del proyecto
Informe gráfico del proyecto
Archaeology, vol. 63, N° 1, jan-feb 2010
Proyecto arqueológico Huaca El Pueblo - Señor de Ucupe
Ancient "king of bling" tomb revealed in Perú - National Geographic
En busca del personaje D de la elite moche - Pedro Alva M.
Los mochicas - Rafael Larco Hoyle (Perú Cultural)



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enero 12, 2010

Rescate sonoro: José de Orejón y Aparicio



La obra de José de Orejón y Aparicio es muy poco conocida en nuestro medio, como muy poco conocida debe ser en realidad el conjunto de la música que se desarrolló en el Virreinato del Perú. Esto no sólo se debe al consabido problema de la falta de buenas políticas educativas y culturales, sino a que hay mucho aún por descubrir, investigar y difundir. Los especialistas en esta música antigua, coinciden en que no sólo en el Perú sino en América Latina en general, se vive recién en las últimas décadas, un re-descubrimiento de estos legados sonoros, tan ricos como trascendentes para reflexionar la historia cultural de Hispanoamérica desde nuevas luces. La etapa de descubrimientos de documentos y -sobretodo- partituras está en pleno desenvolvimiento; cada vez que se edita un buen libro o se graban discos con música inédita, el deslumbramiento se da, tanto desde el lado europeo como desde el americano. Sin embargo es percibible que en el Perú no hay plena conciencia de tan gratos sucesos, más allá de una minoría muy bien informada.

Entre agosto y setiembre del 2009, se hizo en Buenos Aires y Lima respectivamente, la presentación de un libro y tres CDs en que se compila la obra de uno de los principales compositores de música barroca en América, un músico especial no sólo por ser nacido aquí (los maestros de capilla solían ser españoles), por ser muy probablemente mestizo, sino sobretodo por su calidad compositiva, de estilo muy personal, aún cuando tributario de la influencia italiana. Aparte de ello, la publicación de su obra significa un rescate azaroso, debido a que las partituras originales "desaparecieron" de los anaqueles del Archivo Arzobispal de Lima, donde se conservaron hasta fines de la década de 1980. De no haber sido por los negativos que hizo oportunamente la investigadora argentina Carmen García Muñoz, y que legara a su muerte en 1998 al Instituto de Investigación Musicológica Carlos Vega de la Universidad Católica de Argentina, no tendríamos más de unas pocas piezas que transcribieron con anterioridad Andrés Sas y Robert Stevenson, es decir quedaría mutilada tan preciosa porción de nuestra memoria musical.

Vale citar de este link lo siguiente:

  • "...durante este año el Instituto realizó su primer[a] publicación internacional fruto de un convenio con la Universidad Católica Sedes Sapi[e]ntiae de Lima y el Centro Hanacpachac [...]. Esta publicación: "JOSE DE OREJON Y APARICIO: LA MUSICA Y SU CONTEXTO. LA CATEDRAL DE LIMA EN EL ESPLENDOR DEL BARROCO VIRREINAL AMERICANO" contiene un prólogo del Maestro José Quezada Macchiavello, dos artículos de fondo a cargo de los investigadores Luis Villacorta (Perú), Diana Fernández Calvo (Argentina) y Roxana Gardes de Fernández y veinte obras transcriptas por el equipo de investigación del IIMCV (Directora Diana Fernández Calvo, investigadores Julián Mosca, Diego Alberton, Arturo Fernandez, Laura Desmoures. Emiliano García Perez y Santiago Vázquez Baré). Las transcripciones están precedidas por facsímiles del manuscrito y poseen el incipit de cada parte. Estas veinte obras fueron grabadas por el conjunto Lima Triumphante dirigido por Jose Quezada Macchiavello y los dos CD[*] se adjuntan a la publicación en formato papel..."

De acuerdo al tomo II de "La Música en la Catedral de Lima" de Andrés Sas (1972), José de Orejón y Aparicio nació en Huacho en 1706 y falleció en Lima en 1765. Fue sacerdote, cantor, organista, y sobretodo, gran compositor. Su nombramiento como Maestro de Capilla de la Catedral de Lima supo de incomprensibles postergaciones dados los probados méritos y el gran telento que demostró durante una vida dedicada a la música: desde los nueve años ingresó al Coro de Música de la Catedral, posteriormente ejerció como maestro organista en rangos ascendentes, hasta que en 1760, 5 años antes de su muerte, se le dió recién el nombramiento de Maestro de Capilla, pero interino. En abril de 1764, 13 meses antes de morir, el nombramiento debido llega. Qué razones hubo para este maltrato, vaya a saber si un mayor escudriñamiento de documentos históricos permite que se diluciden, lo cierto es que el maestro debe haber compuesto sus obras admirables desde antes de ser nombrado, cuando aún era maestro organista. Compuso principalmente, duetos, arias de solo y muchos villancicos.
//m. cornejo


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[*] La notas de prensa en Lima hablan de tres CDs





Video

Mariposa de sus rayos
Recitativo y aria
Soprano: Lola Márquez




Recitativo
Ya que el sol misterioso
sale embozado con la blanca nube
a ser enigma a la piedad patente,
mi afecto reverente se niega a los sentidos
mientras sube a contemplar
el cerco luminoso
que le estrecha glorioso,
pues de mis ojos no podrá el desvelo
registrar tanta luz, sin luz del cielo

Aria
Mariposa de sus rayos,
ronda el alma fervorosa
esa esfera prodigiosa,
con las alas de la fe.
Y aunque sienta los desmayos
que el dolor causarle pueda,
del fervor no retroceda
cuando mas doliente esté

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Links

Obra musical de Maestro José de Orejón en concierto de música barroca
Música de los siglos XVII y XVIII



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diciembre 28, 2009

La zamacueca: Algunas fuentes


El estudio de la zamacueca como uno de los géneros medulares de la identidad musical nacional, antecesora histórica de las marineras del Perú, es aún una agenda pendiente. Casi no existen publicaciones académicas dedicadas específicamente a este tema -una más de las aristas incomprensibles de un país tan complejo-, es más, creo que no existen, salvo menciones al género en trabajos de más amplia temática. Han predominado las aproximaciones más que las certezas, sobretodo confiadas a la evocación visual que ofrecen las acuarelas de Pancho Fierro (una evocación parcial, pues Pancho Fierro graficó distintos tipos de zamacuecas, según la clase social: desde las más "decentes" hasta las más "indecentes"). Hay un problema de disponibilidad y/o accesibilidad de fuentes para su reconstrucción histórica y sonora. Para lo primero, se hace necesario hacer una exhaustiva revisión de publicaciones periódicas y no periódicas del siglo XIX e inicios del XX (en el aspecto textual y visual, y no sólo en Lima) y para lo segundo, un buen comienzo es reeditar el "Album sudamericano..." de Claudio Rebagliati, que aunque arregló las notas al gusto "culto" de la época, es uno de los pocos registros en pentagrama que puede encauzar análisis musicológicos para restaurar parte de tan importante memoria sonora, y a partir de ella, proyectarla a posibles creaciones futuras. En lo particular, sospecho que las zamacuecas recreadas en la década de 1960 hayan sonado así en el siglo XIX. Hay testimonios que la describen con acompañamiento de arpa y guitarra... es decir, teniendo tal savia, no era tan africanizada sino más plenamente afro-hispana, y acaso afro-indo-hispana. El otro aspecto pendiente es el de la aproximación interdisciplinaria, pues el estudio del género no sólo se restringe al aspecto musicológico sino que tiene amplias connotaciones en lo sociológico, antropológico, literario, político, y particularmente, en lo historiográfico. No obstante su protagonismo en la interpretación del espíritu musical popular (contra lo que se supone, la zamacueca decimonónica no sólo se cultivó en la zona costeña del país, sino en la sierra. Ver los relatos de Paul Marcoy -Viaje a través de la América del Sur... y Viaje por los valles de la quina-, o José Manuel Valdez y Palacios por ejemplo-) la zamacueca fué considerada por la elites como lesiva a las buenas costumbres, por ello, no se visibilizó y documentó en su real magnitud; antes bien, se censuró. La mayor parte de la información conocida proviene de escritos hechos desde iniciativas particulares o por viajeros extranjeros.
//m. cornejo



Ilustración: Fiestas religiosas y profanas con numerosas viñetas - Carlos Prince (p. 31)




A continuación, algunos documentos accesibles en línea, relacionados a este tema:

Cervantes Virtual
Música y comportamiento festivo de la población negra en Lima colonial - Juan Carlos Estenssoro Fuchs
Arte y literatura en el costumbrismo peruano decimonónico - Maida Watson
Ricardo Palma y la cultura negra - Oswaldo Holguín Callo
Lima y la sociedad peruana - Max Radiguet
Fiestas religiosas y profanas con numerosas viñetas - Carlos Prince
Viaje del Cuzco a Belén en el Gran Pará - José Manuel Valdez y Palacios

Biblioteca Nacional del Perú (bib. virtual)
Acuarelas desconocidas de Pancho Fierro - J. Edgardo Rivera Martínez (revista Fénix)

Googlebooks
Los velos y las pieles. Cuerpo, género y reordenamiento social en el Perú republicano - Alicia del Aguila (vista parcial)
Tiempos de infancia y bohemia. Ricardo Palma (1833-1860) - Oswaldo Holguin Callo (vista parcial)
Las huellas de la tirana: De la marinera y su origen - Octavio Santa Cruz (rev. Letras)
Obras teatrales de Felipe Pardo y Aliaga - Cecilia Moreano (vista parcial)
Alezatos del murciélago - Manuel Atanasio Fuentes




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diciembre 17, 2009

Niño Manuelito

Niño Manuelito de Antonio Olave
Es común decir que el nombre del Niño Manuelito proviene de una adaptación fonética que los indios quechuas del Cusco, hicieron de la palabra Emmanuel ("dios con nosotros"), utilizada por los religiosos para catequizarlos durante la Colonia. Sin embargo, existen villancicos españoles que cantaban a un niño Manuel yá por el siglo XVI: "¡Ay Manolito, qué mono que estás, sobre pajuelas y en un portal...". De todos modos, la versión cusqueña del niño Jesús es una versión mestiza que incorpora elementos del animismo andino al tejer las numerosas historias y leyendas que lo arropan. Hoy en día su figura se ha hecho pan andina. Las tallas de data centenaria que han producido y producen los maestros del barrio de San Blas son arquetípicas, sobresaliendo en los últimos tiempos, las que salen del taller del maestro Antonio Olave.

La feria del "Santurantikuy" (algo así como "encuentro" o "mercado" de santos) se celebra desde 1689 todos los 24 de diciembre, allí se venden primorosas figuras para adornar los nacimientos cusqueños, y es la ocasión para que los imagineros muestren a sus Niños Manuelitos en todo su esplendor: de nívea tez y rosadas mejillas, enmarcada con rizos dorados o negros (hechos de cabello humano), despiertos o durmiendo sobre un brazo, risueños o llorando por una espina clavada en el pie, trajeados como "varayoc", como pastorcito, o con trajes finos -de terciopelo bordado o de encajes, o de tejido arabesco-, con chullo, con sombrero o corona de plata, descalzo, con ojotas o delicadas sandalias...

Así como el Niño Manuelito, los villancicos dedicados a él son también mestizos, de inconfundible origen europeo, pero con la impronta en sus notas, del huayno, la cashua, el pukjllay, del tondero, la marinera, el festejo, el panalivio, etc. En un devenir dialéctico, muchos de estos bellos villancicos son también cultivados en centros educativos y en conjuntos musicales y corales de España.
//m. cornejo


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María lavaba
Asociación cultural Kantu
IV Festival de Coros "José Manuel Olivera y Vidal"

Compartido por homuslimensis: "... En las imágenes del video pueden ver un Niño Manuelito que adquirí en el Cusco, del imaginero Abraham Aller cuyo taller se encuentra en la Cuesta de San Blas, un barrio tradicional de artesanos e imagineros. ¡Feliz Navidad! ..."





Niño Manuelito
Villancico popular peruano
Arreglo musical: Carlos Sánchez Málaga
Texto: E. Aramburú
Coral Polifónica Sagrada Familia (Madrid)

(Partitura - Coral Hilarion Eslava - Madrid)



Niño manuelito, niñito Jesús
nacido en establo siendo el mismo Dios,
humilde su cuna, sin tener más luz,
que noche de luna y estrellita azul.

Dime niño bonito si te falta calor
yo quiero arroparte con mi corazón.

Me quitaré el zapato
para ponértelo en el pie,
bajaré mis vicuñas,
mis carneritos y mi buey.

Te tejeré colchita,
te haré sonaja de cascabel,
déjame estar contigo,
llegar prontito hasta Belén.

No sufras mi niño, si solito estás
contigo mi alma queda en el portal.

Quiero regalarte
un poncho mi bien,
que te quite el frío
que hoy hace en Belén.

Que tu madre, María,
y tu padre, José,
pongan en tu cuna
yo te arroparé.


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Audio

Algunos villancicos por el Coro Nacional de Niños del Perú y el Coro Femenino y Coro de Madrigalistas de la PUCP
Melodías de villancicos populares peruanos (formato midi)
Disco "Navidad peruana" (1986)


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Links

Navidad peruana. Imaginería religiosa
La fiesta del Santurantikuy - Arturo Moscozo Serrano




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diciembre 05, 2009

Dos villancicos cusqueños y un nacimiento colonial de Arequipa


Fuente:
Revista "Variedades" (supl. "El Peruano")
Lima, 22 de diciembre de 2008, pp.6-7
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El baúl de Nochebuena
Texto y foto: Rocío Méndez Carvajal



El monasterio arequipeño de Santa Teresa exhibe el Baúl de la Natividad, de más de tres siglos, que contiene 12 pasajes bíblicos y 150 imágenes talladas en madera.





En arte religioso virreinal podría decirse que Arequipa no lo ha mostrado todo y que en los conventos, monasterios y templos de la ciudad se guardan sorprendentes piezas aún no vistas por el público. Durante años fueron celosamente guardadas, pero han empezado a ver la luz dando gratas sorpresas. El Baúl de la Natividad, de propiedad del Monasterio de Santa Teresa, es uno de ellos. Recién en junio de 2005 fue expuesto al público junto a otras piezas que datan del siglo XVII.

Llegó al monasterio en 1730. Está conformado por una gran caja de madera cuya pared delantera y laterales se abren mostrando las más de 100 figuras humanas y 50 piezas de animales que moran en su interior. La obra se complementa con un conjunto de árboles, montañas, arquitectura y tallas doradas y policromadas que enmarcan y delimitan espacios.

Delicadeza artística

En total, 12 pasajes bíblicos fueron recreados en el "baúl": la escena de la Natividad, la adoración de los pastores, la adoración de los ángeles, la llegada de los Reyes Magos, el jardín del Edén, la huída a Egipto, la matanza de los inocentes, la visita de la Virgen a Santa Isabel, el Niño Jesús entre los doctores, la Anunciación y el bautismo de Cristo, todos confeccionados con delicadeza artística.

Cada imagen mide 12 centímetros de alto. La mayoría está íntegramente tallada en madera, algunas son de maguey y tela encolada; los animales fueron hechos de pasta modelada. La arquitectura es de madera tallada y las montañas de maguey, tela encolada, cristales de cuarzo y mica natural triturada. Todas las imágenes son polícromas y tienen dorado a punta de pincel con oro en polvo.

El director del Museo de Arte Virreinal de Santa Teresa, Franz Grupp, explica que el Baúl de la Natividad es una de las piezas más admiradas por los visitantes, especialmente en temporada de Navidad. La gente le reconoce no solo la calidad artística sino también el buen estado de conservación pese a los más de tres siglos transcurridos.

El Baúl de la Natividad fue mandado hacer a Quito por un sacerdote apellidado Arbe –años antes esta misma familia donó las tierras donde se edificó el complejo religioso–, que llegó a Arequipa a lomo de mula según las crónicas que atesora el monasterio.

Por las características estilísticas de las piezas, Grupp y la historiadora de arte Zully Mercado consideran que todas las imágenes y demás accesorios debieron llegar del país del norte, mientras que el baúl en sí debió ser hecho y armado en la región, porque el panel del fondo tiene todas las características de la pintura de la Escuela Cuzqueña.

Según la historia, los baúles originalmente tenían una función catequista, por ello se representaban en su interior diversas escenas de la historia sagrada. En el caso del Baúl de Santa Teresa, que fue expresamente confeccionado para el monasterio, se prevé que fue hecho solo para ser usado como pieza principal en las fiestas navideñas, aunque por años esta obra fue desconocida para Arequipa.

En el Perú existen otras piezas similares, pero ninguna como la arequipeña, que se diferencia en tamaño, calidad artística y estado de conservación de la que existe en el Monasterio de Santa Catalina en el Cusco y en el Museo Pedro de Osma en Lima.

El Baúl de la Natividad, antes de ser mostrado al público, tuvo que pasar por un cuidadoso proceso de limpieza y reubicación de piezas y partes desprendidas, trabajo que demandó un año para luego ser mostrado como una de las más de 800 piezas con las que cuenta el Museo de Arte Virreinal de Santa Teresa.

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Audio

Estos dos audios provienen del disco "Navidad peruana" (1986) que está en este buen blog. Sobre este disco, vale citar a Alfonsina Barrionuevo:
"...En su larga y fecunda vida [Ricardo Castro Pinto] fué captando una serie de piezas religiosas y populares. Alguna vez trabajamos con él y su hijo, que siguió sus pasos con villancicos que grabamos en un disco de acetato para un gran admirador de la música andina, el ingeniero David Ballón Vera, de la Minera Kananga. Un disco de antología con las voces de Teresa Guedes, las Hermanitas Sánchez, Ñusta Nativa, Los Campesinos, entre otros, y el Coro."

(click)


1.- Much´ayakusqayki - Coro Polifónico Municipal Cusco (fundado por Ricardo Castro Pinto en 1965)
2.- Allá baja Jesucristo - Los Campesinos


Allá baja Jesucristo
con sus rayos de cristal,
alumbrando el universo
con sus rayos de cristal

Alegría, alegría
por el día de Navidad

De aquel tronco nace la rama
de la rama nace la flor
de la flor nace María
y de María el Redentor

Alegría, alegría
por el día de Navidad


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Link





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noviembre 21, 2009

Influencia de la música peruana en la zona andina: Un caso

Mariano Béjar Pacheco (1893 Nuñoa, prov. de Melgar, Puno - 1969 Lima) fué un músico violinista que luego de desempeñar destacada labor en su tierra (donde fué entre otras cosas, miembro fundador del Centro Musical Ayaviri en 1912), residió durante varios años en Arequipa. En la Blanca Ciudad desempeñó prolífica labor difundiendo las artes musicales como compositor, como director de orquesta, como investigador y fino articulista en El Pueblo y como ponente en conferencias que organizaban las instituciones del quehacer cultural local (como el Ateneo de Arequipa y la UNSA). Desde 1923 hasta 1927 aproximadamente, publicó eruditos artículos sobre música en el diario El Pueblo; el que se transcribe a continuación es uno de ellos. Poco después la sección tomó el título "Producción musical en Arequipa", para dedicarla a temas de música en Arequipa. Posteriormente se trasladó a Lima para seguir con su infatigable labor investigativa, creativa y docente. Los artículos que publicó en Arequipa y Lima (donde se sabe con certeza que publicó en el diario El Comercio en los años 30), son un importante aporte al conocimiento de la música peruana.
// m. cornejo
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Fuente:
Música peruana en el extranjero
Mariano Béjar Pacheco
Diario "El Pueblo"
Arequipa, 27 de marzo de 1924
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Música peruana en el extranjero



Con motivo de la presentación de una compañía incaica presidida por el doctor Luis E. Valcárcel, catedrático de la Universidad del Cuzco, en el Teatro Colón de Buenos Aires, se ha despertado en la metrópoli argentina un vivo interés por el arte quechua, estudiándolo en sus tres manifestaciones sobresalientes: verso, danza y música. Naturalmente, los críticos se han pronunciado de manera definitiva por consagrar el arte del Perú Precolombiano (sic.) como la fuente del folk-lore (sic.) sudamericano, en o que se refiere a los países sometidos a la dominación ibera; pero parece que no están muy bien orientados en cuanto a la distinción del arte realmente incaico y del colonial, como lo veremos más adelante.

Previamente -por ser de interés para los compositores y muy especialmente para los folk-loristas- voy a transcribir algunos párrafos del juicio emitido por el acertado crítico Julián Aguirre en un magnífico trabajo publicado en "El Hogar" de Buenos Aires, correspondiente al 16 de noviembre del año pasado.

Desgraciadamente, la mayor parte de los recopiladores de la música aborigen olvidan - o tal vez ignoran- que las leyes de la Armonía, cuyo fundamento son las de la acústica, son innumerables, como las leyes que rigen la marcha de la Naturaleza; habiendo sido por tal olvido, muy general creer que la música incaica, por su carácter de pentatónica no podía ser científicamente tratada en su armonización, especie que hacen (sic.) varios años vengo combatiendo, y que felizmente concuerda con los siguientes párrafos del citado trabajo de Aguirre:

"En el folklore de todos los pueblos hay que considerar los tres elementos que concurren a formar las canciones: la melodía, el ritmo y el acompañamiento; los dos primeros son de creación anónima, el tercero es personal y casi siempre defectuoso y zurdo. La canción es espontánea, inspirada y fresca; el ritmo destacado y característico; la armonía procede por tanteos, por aproximaciones, y hecha (sic.) a perder generalmente la belleza de las ideas, porque no se ajusta ni a la tonalidad ni a la modulación que el canto hace imperativos.

Los folkloristas son -con raras excepciones- ambisiniestros (sic.); si se contentaran con transcribir las canciones puras, nota por nota y con los acentos que el pueblo coloca sobre los sonidos, harían obra útil, de carpintería musical, que luego los artistas decorarían con la sobriedad y elocuencia debidas, pero imaginan o transcriben los acompañamientos donde hay acordes que por su índole, se dan de coscorrones con el canto, cuando no añaden rasgos y adornos, construyendo fantasías de un gasto pésimo, y hacen tragar por popular y castizo lo que no es sino la tentativa abortada, propia de su incultura de analfabetos.

Para transcribir un canto no hace falta sino tener buen oído y algunas nociones de escritura; para acompañarlo es preciso saber armonía, atribuir exactamente la tonalidad, adivinar las modulaciones. Los folkloristas en general no saben nada de estas disciplinas y asó escriben como si no existieran.

"Cantos de razas antiguas como la sueca o la vasca no han cobrado valor artístico hasta que músicos verdaderos como Grieg o el padre San Sebastián les han puesto el único marco adecuado a su intensa emotividad."

El acompañante en la guitarra, el maestro campesino que conoce apenas los elementos del piano, o el músico de regimiento que quiere hacer un arreglito de esas danzas y canciones que oye el pueblo, transcriben, firman y se dan como autores de lo que no han hecho más que manosear y echar a perder."

Muy aplicables los anteriores conceptos, aún a muchos de nuestros compositores que pretenden que haya personalidad en lo que no es más que pura ciencia, puro conocimiento. Lo personal está en la inspiración, pero esta inspiración debe ser tratada científicamente para hacer la obra completa y perfecta. No concibo cómo pueda llamarse arte a lo que no se ajusta a reglas y conocimientos expresos. Imaginad un sombrerero que jamás ha entrado en un taller para aprender cómo se debe comenzar y acabar la factura de un sombrero.

El consejo directivo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en colaboración con el Consejo Superior de la misma, y el Concejo Nacional de Educación, han fundado el "Instituto de Literatura Argentina" cuya dirección ha sido encomendada al señor Ricardo Rojas.

Este Instituto ha publicado el primer fascículo de música precolombiano con el título de "El Canto Popular" - "Documentos para el estudio del folklore argentino", compuesto de diez trozos de música peruana, un prólogo firmado por el mismo señor Ricardo Rojas, y un estudio de los elementos técnicos de esa música hecho por el señor Vicente Forte, músico argentino educado en la Scola Cantorum de París, e iniciado por don Felipe Pedrell, en las disciplinas del folklore musical.

El señor Rojas en su prólogo emite los estos conceptos:

"Aquellos que poseen de la patria un concepto militar y político o que sólo poseen de la poesía un concepto gramatical y retórico, tal vez considerarán extraño que las publicaciones de un instituto de literatura empiece por un corpus de música, y que siendo argentino el Instituto, la empiece por un corpus de documentos perú-bolivianos, pero nosotros concebimos la patria como una entidad espiritual, cuyas raíces nútrense más allá de sus límites territoriales, y concebimos la poesía como una función estética ligada al misterio de las otras artes. Con este criterio estudiaremos nuestra literatura, y más particularmente nuestro folklore, que necesita ser contemplado en perspectivas de tal amplitud."

Los diez trozos de música peruana que componen el fascículo han sido cedidos al Instituto por el distinguido compositor boliviano, señor Manuel José Benavente, como un fruto de sus estudios y trabajos personales, con anotaciones de haber sido tomados en los alrededores del Cuzco, de La Paz, etc. y (que) le han valido una espléndida ovación.

Y aquí está lo curioso:

El año 1917, la primera compañía incaica que hizo su tournée por el extranjero, y que fue organizada por el "Centro Nacional de Arte e Historia" del Cuzco, bajo la dirección de su presidente Dr. Angel Vega Enriquez, contrató los servicios de un músico puneño como director de orquesta. Este músico formó un nutrido repertorio de música incaica y colonial peruana que se dejaba escuchar durante las funciones y en conciertos especiales. En la época en que la compañía actuaba en la ciudad de Sucre, el señor Manuel José Benavente era miembro prominente de la filarmónica de aquella ciudad a la vez que estudiante normalista. Contratados sus servicios profesionales por la compañía frecuentó la amistad del director de orquesta, quien le proporcionaba los originales de su repertorio para que tomase copias; y estas copias un tanto desfiguradas en su armonía han sido cedidas al "Instituto de Literatura Argentina", sin haberse tomado más que el trabajo de cambiar los títulos por otros curiosísimos como: "Marcha del Inca", título que ha sido adjudicado a la conocida "Canción de las Ñustas", "Danza de las Estrellas" a un huayñito oriundo de Puno, "Huayñu" a nuestro popular yaraví "Aún la nieve se deshace"; y en fin, "Danza al Sol", "Danza de la Luna", "Danza Aimará", etc., que indistintamente han sido llamados (así,) trozos de nuestra música colonial que no pueden confundirse con la incaica.

Como el mejor juez es la propia conciencia, el señor Benavente, para eludir responsabilidades ha apelado a la anotación siguiente:

"Creemos oportuno advertir que a menudo, una misma melodía suele aparecer en distintas versiones con diferentes títulos. Si se tratara de un estudio especialmente destinado a la música incaica, el no aclarar cuál es el título verdadero que debe corresponder a cada trozo, fuera omisión quizá censurable. Nosotros en cambio, al tratar de estas músicas sólo nos proponemos por ahora, definir uno de los factores que más han contribuido a la formación de nuestro canto popular".

Pero el músico señor Vicente Forte, al hacer el estudio técnico, ha dado a todo el calificativo de música pentatónica, siendo que entre las diez piezas hay varias concebidas en el modo menor melódico y otras en el modo menor armónico, las cuales no pueden pertenecer a la época precolombiana, sino a la colonial, según los estudios que hemos hecho de nuestra música. Entre las composiciones en cuestión hay hasta un yaraví de Melgar y otro de Daniel A. Robles.

Si el señor Benavente o el señor Forte hubieran viajado algo por el Perú, seguramente habrían hecho esta distinción. Con todo, debe halagarnos mucho que fuera del país se dediquen trabajos y atenciones a la propagación y estudio de nuestras artes, y ojala sirvan estas incidencias de estímulo para avergonzarnos un poco menos de cultivar el arte nacional, tan abundante en recursos casi desconocidos por falta de amor verdadero a las cosas autóctonas.

M. Béjar Pacheco
Arequipa, marzo de 1924




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Link

"Crear y sentir lo nuestro" - Zoila Mendoza-Walker (vista parcial)


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noviembre 15, 2009

Una ráfaga de lucidez humana

Claude Lévi-Strauss (1908-2009)
Locución y montaje: Carlos Muñoz Gutiérrez



[...]

El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin él. Las instituciones, las costumbres y los usos, que yo habré inventariado en el transcurso de mi vida, son la eflorescencia pasajera de una creación en relación con la cual quizá no posean otro sentido que el de permitir a la humanidad cumplir allí su papel. Lejos de que ese papel le marque un lugar independiente, y de que el esfuerzo del hombre —aun condenado— consista en oponerse vanamente a una decadencia universal, aparece él mismo como una máquina, quizá más perfeccionada que las otras, que trabaja por la disgregación de un orden original y precipita una materia poderosamente organizada hacia una inercia siempre mayor, que un día será definitiva. Desde que comenzó a respirar y a alimentarse hasta la invención de los instrumentos termonucleares y atómicos, pasando por el descubrimiento del fuego —y salvo cuando se reproduce a sí mismo— el hombre no ha hecho nada más que disociar alegremente millares de estructuras para reducirlas a un estado donde ya no son susceptibles de integración. Sin duda, ha construido ciudades y ha cultivado campos; pero, cuando se piensa en ello, esas realizaciones son máquinas destinadas a producir inercia a un ritmo y en una proporción infinitamente más elevados que la cantidad de organización que implican. En cuanto a las creaciones del espíritu humano, su sentido sólo existe en relación con éste y se confundirán en el desorden cuando haya desaparecido. Así, la civilización, tomada en su conjunto, puede ser descrita como un mecanismo prodigiosamente complejo donde nos gustaría ver la oportunidad que nuestro universo tendría de sobrevivir si su función no fuera la de fabricar lo que los físicos llaman entropía, es decir, inercia. Cada palabra intercambiada, cada línea impresa, establece una comunicación entre dos interlocutores equi-librando un nivel que se caracterizaba antes por una diferencia en la información, y por lo tanto una organización mayor. Antes que «antropología» habría que escribir «entropología» como nombre de una disciplina dedicada a estudiar ese proceso de desintegración en sus manifestaciones más elevadas. Sin embargo, existo. No ciertamente como individuo; pues ¿qué soy desde ese punto de vista, sino la postura, a cada instante cuestionada, de la lucha entre otra sociedad, formada por algunos millares de células nerviosas que se cobijan bajo el hormiguero del cráneo, y mi cuerpo, que les sirve de robot? Ni la psicología, ni la metafísica, ni el arte, pueden servirme de refugio, mitos pasibles ahora también en su interior de un nuevo tipo de sociología que nacerá algún día y que no será con ellos más benevolente que la otra. El yo no es digno sólo de odio: no hay distancia entre un nosotros y un nada. Y si opto finalmente por ese nosotros, aunque se reduzca a una apariencia, es que, a menos que me destruya —acto que suprimiría las condiciones de la opción—, no tenga más que una elección posible entre esa apariencia y nada. Ahora bien, basta con que elija para que, por esta misma elección, yo asuma sin reservas mi condición de hombre: liberándome por ello de un orgullo intelectual cuya vanidad mido por la de su objeto, acepto también subordinar sus pretensiones a las exigencias objetivas de la liberación de una multitud a quien se niegan siempre los medios para tal opción.Si el individuo ya no está solo en el grupo y cada sociedad ya no está sola entre las cosas, el hombre no está solo en el universo. Cuando el arco iris de las culturas humanas termine de abismarse en el vacío perforado por nuestro furor, en tanto que estemos allí y que exista un mundo, ese arco tenue que nos une a lo inaccesible permanecerá, mostrando el camino inverso al de nuestra esclavitud, cuya contemplación —a falta de recorrerlo— procura al hombre el único favor que sabe merecer: suspender la marcha, retener el impulso que lo constriñe a obturar una tras otra las fisuras abiertas en el muro de la necesidad y acabar su obra al mismo tiempo que cierra su prisión; ese favor que toda sociedad codicia cualesquiera sean sus creencias, su régimen político y su nivel de civilización, donde ella ubica su descanso, su placer, su reposo y su libertad, oportunidad esencial para la vida, de desprenderse y que consiste —¡adiós salvajes! ¡adiós viajes!— durante los breves intervalos en que nuestra especie soporta suspender su trabajo de colmena, en aprehender la esencia de lo que fue y continúa siendo más acá del pensamiento y más allá de la sociedad: en la contemplación de un mineral más bello que todas nuestras obras, en el perfume, más sabio que nuestros libros, respirado en el hueco de un lirio, o en el guiño cargado de paciencia, de serenidad y de perdón recíproco que un acuerdo involuntario permite a veces intercambiar con un gato.

Ultimas páginas de "Tristes Trópicos" (12 de octubre de 1954 - 5 de marzo de 1955)

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Tristes Trópicos

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octubre 31, 2009

La fuerza del zumbayllu


Inscripción en la Casona de la UNSA (Universidad Nacional de San Agustín - Arequipa)

Los Ríos profundos es una de las novelas mayores de la narrativa peruana y latinoamericana. Su forma de expresar el mundo andino “desde adentro”, o mejor dicho como “puente” entre éste y el mundo occidental a través de la narración, relieva el profundo simbolismo que entraña la oralidad quechua. Los elementos del mundo circundante, componen expresividades sonoras y visuales cargadas de sentido a través de la oralidad, sea en forma de poesía como de cantos, mitos y leyendas. Toda la novela está impregnada de esa oralidad.
Los pueblos que enmudecen y ya no cantan son pueblos sin memoria ni libertad. Ese parece ser parte sustancial de su mensaje. Enmudecido es el triste pongo del tío de Eugenio (el muchacho protagonista de 14 años, alter-ego de Arguedas), un tío al que llama sólo “El Viejo”, presentado como antípoda del inca, con sus 4 grandes haciendas y su escenificado fervor religioso. Los colonos de la hacienda Patibamba, que cercaba (como engulléndola) toda la ciudad de Abancay, una hacienda tan vasta como cargada de silencio y ausencia, también son seres enmudecidos. En cambio, las chicherías del barrio Huanupata, regentadas por cholas recias y alegres son la otra cara de ese silencio: en ellas se come, se canta y se baila impenitentemente. En ellas los parroquianos, los trajinantes de caminos, los arrieros de distintas lejanías intercambian sus alegrías, sus penas y sus saberes en forma de juegos, relatos, cantos y danzas.
Por esa cualidad de mediadoras de mundos (a través del habla, la comida y el canto), las chicheras hacen de agentes catalizadores, como cuando fueron protagonistas del motín contra los abusos del Estanco de la Sal, en el que, tomando en cuenta el dolor silente de los colonos de Patibamba, les llevaron al son de alegres pukllay, parte de los bloques de sal ganados.
La novela, ambientada a mediados de la década de 1920, es fuente vasta para acercarse entre muchas otras cosas, a la sonoridad andina, en particular a su musicalidad; muchos pasajes resuenan ante los ojos lectores como sólo Arguedas podía hacerlo. Aquí algunos de esos pasajes: el que alude a los indómitos morochucos -tocadores de wak'rapukus y charangos-, o a los jarawis de despedida, o a los huaynos en las chicherías, o a la sonoridad mágica del zumbayllu, o a instrumentos indígenas como el pinkuyllo o el wak’rapuku, o al gran impacto que debieron ejercer las primeras bandas militares que llegaban a los pueblos, responsables en buena parte, de la primera "modernización" en la música indígena .
No se incluyen los pies de página incluidos en la edición citada. A fin de cuentas, lo mejor es leer la novela completa.
//marcela cornejo

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Los ríos profundos
Jose María Arguedas
Ricardo Gonzáles Vigil (ed.)
Madrid: Ediciones Cátedra: Letras Hispánicas, 1998, 2da. Ed.

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pp. 184-185:

De Cangallo seguimos viaje a Huamanga. Por la pampa de los indios morochucos. Jinetes de rostro europeo, cuatreros legendarios, los morochucos son descendientes de los almagristas excomulgados que se refugiaron en esa pampa fría, aparentemente inhospitalaria y estéril. Tocan charango y wak'rapuku, raptan mujeres y vuelan en la estepa en caballos pequeños que corren como vicuñas. El arriero que nos guiaba no cesó de rezar mientras trotábamos en la pampa. Pero no vimos ninguna tropa de morochucos en el camino. Cerca de Huamanga, cuando bajábamos lentamente la cuesta, pasaron como diez de ellos; descendían cortando camino, al galope. Apenas pude verles el rostro. Iban emponchados; una alta bufanda les abrigaba el cuello; los largos ponchos caían sobre los costados del caballo. Varios llevaban wak'rapukus en la espalda, unas trompetas de cuerno ajustadas con anillos de plata. Muy abajo, cerca de un bosque reluciente de molles, tocaron sus cornetas anunciando su llegada a la ciudad. El canto de los wak'rapukus subía a las cumbres como un coro de toros encelados e iracundos.
Nosotros seguimos viaje con una lentitud inagotable.
[…]

pp. 201-203:

Cuando los políticos dejaron de perseguir a mi padre, él fue a buscarme a casa de los parientes donde me dejó. Con la culata de su revólver rompió la frente del jefe de la familia y bajó después a la quebrada. Se emborrachó con los indios, bailó con ellos muchos días. Rogó al vicario que viniera a oficiar una misa solemne en la capilla del ayllu. Al salir de la misa entre cohetazos y el repique de las campanas mi padre abrazó en el atrio de la Iglesia a Pablo Maywa y Victo Pusa, alcaldes de la comunidad. En seguida montamos a caballo en la plaza, para comenzar el inmenso viaje. Salimos del caserío y empezamos a subir la cuesta. Las mujeres cantaban el jarahui de la despedida:

¡Ay warmallay warma
yuyaykunkim, yuyaykunkim!

Jhatun yurak’ ork’o
kutiykachimunki;
abrapi, puquio, pampapi puquio
yant’atak’yakuyananman.

Alkunchallay, kutiykamunchu
raprachaykipi apaykamunki

Riti ork’o, jhatun riti ork’o
yank’atak’ ñannimpi ritiwak
yank’atak’ wayra
ñannimpi k’ochpaykunkiman

Amas pára amas pára
aypankichu;
Amas k’ak’a, amas k’ak’a
ñannimpi tuñinkichu

¡Ay warmallay warma
kutiykamunki
kutiykamunkikuni!

¡No te olvides mi pequeño,
no te olvides!

Cerro blanco
hazlo volver
agua de la montaña, manantial de la pampa
que nunca muera de sed

Halcón cárgalo en tus alas
y hazlo volver
inmensa nieve, padre de la nieve,
no lo hieras en el camino.
mal viento
no lo toques

Lluvia de tormenta,
no lo alcances.
¡no precipicio, atroz precipicio,
no lo sorprendas!

¡Hijo mío,
has de volver,
Has de volver!

- No importa que llores. Llora hijo, porque si no, se te puede partir el corazón – exclamó mi padre, cuando vió que apretaba los ojos y trotaba callado.
[…]

pp. 207-211:

V
Puente sobre el mundo

“¡Pachachaca! Puente sobre el mundo, significa este nombre.”

Sólo un barrio alegre había en la ciudad: Huanupata. Debió ser en la antigüedad el basural de los ayllus, porque su nombre significa “morro del basural”. En ese barrio vivían las vendedoras de la plaza del mercado, los peones y cargadores que, trabajaban en menesteres ciudadanos, los gendarmes, los empleados de las pocas tiendas de comercio; allí estaban los tambos donde se alojaban los litigantes de los distritos, los arrieros y los viajeros mestizos. Era el único barrio donde había chicherías. Los sábados y domingos tocaban arpa y violín en las de mayor clientela, y bailaban huaynos y marineras. Decían que en esas jaranas podían encontrarse mujeres fáciles y aun mestizas que vivían de la prostitución.

Oleadas de moscas volaban en las puertas de las chicherías. En el suelo, sobre los desperdicios que arrojaban del interior, caminaba una gruesa manta de moscas. Cuando alguien entraba a las chicherías, las moscas se elevaban del suelo y formaban un remolino. El piso estaba endurecido por el caminar de la gente; las mesas eran bajas, y las bancas pequeñas. Todo era negro de suciedad y de humo. Varias mestizas atendían al público. Llevaban rebozos de Castilla con ribetes de seda, sombreros de paja blanqueados y cintas anchas de colores vivos. Los indios y cholos las miraban con igual libertad. Y la fama de las chicherías se fundaba muchas veces en la hermosura de las mestizas que servían, en su alegría y condescendencia. Pero sé que la lucha por ellas era larga y penosa. No se podía bailar con ellas fácilmente; sus patronas las vigilaban e instruían con su larga y mañosa experiencia. Y muchos forasteros lloraban en las abras de los caminos, porque perdieron su tiempo inútilmente, noche tras noche, bebiendo chicha y cantando hasta el amanecer.

Las chicherías recibían gente desde el mediodía, pero sólo en la tarde y en la noche de los sábados y domingos iban los músicos. Cualquier parroquiano podía pedir que tocaran el huayno que prefería. Era difícil que el arpista no lo supiera. A las chicherías van más forasteros que a un tambo. Pero ocurría, a veces, que el parroquiano venía de tierras muy lejanas y distintas; de Huaraz, de Cajamarca, de Huancavelica o de las provincias del Collao, y pedía que tocaran un huayno completamente desconocido. Entonces los ojos del arpista brillaban de alegría; llamaba al forastero y le pedía que cantara en voz baja. Una sola vez era suficiente. El violinista lo aprendía y tocaba; el arpa acompañaba. Casi siempre el forastero rectificaba varias veces: “¡No; no es así! ¡No es así su genio!”. Y cantaba en voz alta, tratando de imponer la verdadera melodía. Era imposible. El tema era idéntico, pero los músicos convertían el canto en huayno apurimeño, de ritmo vivo y tierno. “¡Manan!”, gritaban los hombres que venían de las regiones frías; los del Collao se enfurecían, y si estaban borrachos, hacían callar a los músicos amenazándolos con los grandes vasos de chicha. «Igual es, señor», protestaba el arpista. “¡No, alk'o (perro)!”, vociferaba el collavino. Ambos tenían razón. Pero el collavino cantaba, y los de la quebrada no podían bailar bien con ese canto. Tenía un ritmo lento y duro, como si molieran metal; y si el huayno era triste, parecía que el viento de las alturas, el aire que mueve a la paja y agita las pequeñas yerbas de la estepa, llegaba a la chichería. Entonces los viajeros reacordábamos las nubes de altura, siempre llenas de amenaza, frías e inmisericordes, o la lluvia lóbrega y los campos de nieve interminables. Pero los collavinos eran festejados. Las mestizas que no habían salido nunca de esas cuevas llenas de moscas, tugurios con olor a chicha y a guarapo ácido, se detenían para oírles.

Ellas sabían sólo huaynos del Apurímac y del Pachachaca, de la tierra tibia donde crecen la caña de azúcar y los árboles frutales. Cuando cantaban con sus voces delgaditas, otro paisaje presentíamos; el ruido de las hojas grandes, el brillo de las cascadas que saltan entre arbustos y flores blancas de cactus, la lluvia pesada y tranquila que gotea sobre los campos de caña; las quebradas en que arden las flores del pisonay, llenas de hormigas rojas y de insectos voraces:

¡Ay siwar k'enti!
amaña wayta tok'okachaychu,
siwar k'enti. Ama jhina kaychu
mayupataman urayamuspa,
k'ori raphra,
kay puka mayupi wak'ask'ayta
k 'awaykamuway

K'awaykamuway
siwar k'enti, k'ori raphra,
llakisk' ayta,
purun wayta kirisk'aykita,
mayupata wayta
sak'esk'aykita.

¡Ay picaflor!
ya no horades tanto la flor,
alas de esmeralda.
no seas cruel,
baja a la orilla del río,
alas de esmeralda,
y mírame llorando junto al agua roja,
mírame llorando.

Baja y mírame,
picaflor dorado,
toda mi tristeza,
flor del campo herida,
flor de los ríos que abandonaste.

Yo iba a las chicherías a oír cantar y buscar a los indios de hacienda. Deseaba hablar con ellos y no perdía la esperanza. Pero nunca los encontré. Cierta vez, entraron a una chichería varios indios traposos, con los cabellos más crecidos y sucios que de costumbre; me acerqué para preguntarles si pertenecían a alguna hacienda. ¡Manan haciendachu kani! (No soy de hacienda), me contestó con desprecio uno de ellos. Después, cuando me convencí de que los “colonos” no llegaban al pueblo, iba a las chicherías, por oír la música, y a recordar. Acompañando en voz baja la melodía de las canciones, me acordaba de los campos y las piedras, de las plazas y los templos, de los pequeños ríos adonde fui feliz. Y podía permanecer muchas horas junto al arpista o en la puerta de calle de las chicherías, escuchando. Porque el valle cálido, el aire ardiente, y las ruinas cubiertas de alta yerba de los otros barrios, me eran hostiles.
[…]



pp. 235-245:

VI
Zumbayllu

La terminación quechua yllu es una onomatopeya. Yllu representa en una de sus formas la música que producen las pequeñas alas en vuelo; música que surge del movimiento de objetos leves. Esta voz tiene semejanza con otra más vasta: illa. Illa nombra a cierta especie de luz y a los monstruos que nacieron heridos por los rayos de la luna. Illa es un niño de dos cabezas o un becerro que nace decapitado; o un peñasco gigante, todo negro y lúcido, cuya superficie apareciera cruzada por una vena ancha de roca blanca, de opaca luz; es también illa una mazorca cuyas hileras de maíz se entrecruzan o forman remolinos; son illas los toros míticos que habitan el fondo de los lagos solitarios, de las altas lagunas rodeadas de totoras, pobladas de patos negros. Todos los illas, causan el bien o el mal, pero siempre en grado sumo. Tocar un illa, y morir o alcanzar la resurrección, es posible. Esta voz illa tiene parentesco fonético y una cierta comunidad de sentido con la terminación yllu.

Se llama tankayllu al tábano zumbador e inofensivo que vuela en el campo libando flores. El tankayllu aparece en abril, pero en los campos regados se le puede ver en otros meses del año. Agita sus alas con una velocidad alocada, para elevar su pesado cuerpo, su vientre excesivo. Los niños lo persiguen y le dan caza. Su alargado y oscuro cuerpo termina en una especie de aguijón que no sólo es inofensivo, sino dulce. Los niños le dan caza para beber la miel en que está untado ese falso aguijón. Al tankayllu no se le puede dar caza fácilmente, pues vuela alto, buscando la flor de los arbustos. Su color es raro, tabaco oscuro; en el vientre lleva unas rayas brillantes; y como el ruido de sus alas es intenso, demasiado fuerte para su pequeña figura, los indios creen que el tankayllu tiene en su cuerpo algo más que su sola vida. ¿Por qué lleva miel en el tapón del vientre? ¿Por qué sus pequeñas y endebles alas mueven el viento hasta agitarlo y cambiarlo? ¿Cómo es que el aire sopla sobre el rostro de quien lo mira cuando pasa el tankayllu! Su pequeño cuerpo no puede darle tanto aliento. Él remueve el aire, zumba como un ser grande; su cuerpo afelpado desaparece en la luz, elevándose perpendicularmente. No, no es un ser malvado; los niños que beben su miel sienten en el corazón, durante toda la vida, como el roce de un tibio aliento que los protege contra el rencor y la melancolía. Pero los indios no consideran al tankayllu una criatura de Dios como todos los insectos comunes; temen que sea un réprobo. Alguna vez los misioneros debieron predicar contra él y otros seres privilegiados. En los pueblos de Ayacucho hubo un danzante de tijeras que ya se ha hecho legendario. Bailó en las plazas de los pueblos durante las grandes fiestas; hizo proezas infernales en las vísperas de los días santos; tragaba trozos de acero, se atravesaba el cuerpo con agujas y garfios; caminaba alrededor de los atrios con tres barretas entre los dientes; ese danzak' se llamó “Tankayllu”. Su traje era de piel de cóndor ornado de espejos.

Pinkuyllu es el nombre de la quena gigante que tocan los indios del sur durante las fiestas comunales. El pinkuyllu no se toca jamás en las fiestas de los hogares. Es un instrumento épico. No lo fabrican de caña común ni de carrizo, ni siquiera de mámak', caña selvática de grosor extraordinario y dos veces más larga que la caña brava. El hueco del mámak' es oscuro y profundo. En las regiones donde no existe el huaranhuay, los indios fabrican pínkuyllus menores de mámak', pero no se atreven a dar al instrumento el nombre de pinkuyllu, le llaman simplemente mámak', para diferenciarlo de la quena familiar. Mámak' quiere decir la madre, la germinadora, la que da origen; es un nombre mágico. Pero no hay caña natural que pueda servir de materia para un pinkuyllu; el hombre tiene que fabricarlo por sí mismo. Construye un mámak' más profundo y grave; como no nace ni aun en la selva. Una gran caña curva. Extrae el corazón de las ramas del huaranhuay, luego lo curva al sol y lo ajusta con nervios de toro. No es posible ver directamente la luz que entra por el hueco del extremo inferior del madero vacío, sólo se distingue una penumbra que brota de la curva, un blando resplandor, como el del horizonte en que ha caído el sol.

El fabricante de pinkuyllus abre los huecos del instrumento dejando aparentemente distancias excesivas entre uno y otro. Los dos primeros huecos deben ser cubiertos por el pulgar y el índice, o el anular, abriendo la mano izquierda en toda su extensión; los otros tres por el índice, el anular y el meñique de la mano derecha, con los dedos muy abiertos. Los indios de brazos cortos no pueden tocar pinkuyllu. El instrumento es tan largo que el hombre mediano que pretende servirse de él tiene que estirar el cuello y levantar la cabeza como para mirar el cénit. Lo tocan en tropas, acompañándose de tambores; en las plazas, el campo abierto o en los corrales y patios de las casas, no en el interior de las habitaciones.

Sólo la voz de los wak'rapukus es más grave y poderosa que la de los pinkuyllus. Pero en las regiones donde aparece el wak'rapuku ya no se conoce el pinkuyllu. Los dos sirven al hombre en trances semejantes. El wak'mpuku es una corneta hecha de cuernos de toro, de los cuernos más gruesos y torcidos. Le ponen boquilla de plata o de bronce. Su túnel sinuoso y húmedo es más impenetrable y oscuro que el del pinkuyllu, y como él, exige una selección entre los hombres que pueden tocarlo.

En el pinkuyllu y el wak'rapuku se tocan sólo canciones y danzas épicas. Los indios borrachos llegan a enfurecerse cantando las danzas guerreras antiguas; y mientras otros cantan y tocan, algunos se golpean ciegamente, se sangran y lloran después, junto a la sombra de las altas montañas, cerca de los abismos, o frente a los lagos fríos, y la estepa.

Durante las fiestas religiosas no se oye el pinkuyllu ni el wak'rapuku. ¿Prohibirían los misioneros que los indios tocaran en los templos, en los atrios o junto a los tronos de las procesiones católicas estos instrumentos de voz tan grave y extraña? Tocan el pinkuyllu y el wak'rapuku en el acto de la renovación de las autoridades de la comunidad; en las feroces luchas de los jóvenes, durante los días de carnaval; para la hierra del ganado; en las corridas de toros. La voz del pinkuyllu o del wak'rapuku los ofusca, los exalta, desata sus fuerzas; desafían a la muerte mientras lo oyen. Van contra los toros salvajes, cantando y maldiciendo; abren caminos extensos o túneles en las rocas; danzan sin descanso, sin percibir el cambio de la luz ni del tiempo. El pinkuyllu y el wak'rapuku marcan el ritmo; los hurga y alimenta; ninguna sonda, ninguna música, ningún elemento llega más hondo en el corazón humano.

La terminación yllu significa propagación de esta clase de música, e illa, la propagación de la luz no solar. Kiüa es la luna, e illapa el rayo. Illariy nombra el amanecer, la luz que brota por el filo del mundo, sin la presencia del sol. Illa no nombra la fija luz, la esplendente y sobrehumana luz solar. Denomina la luz menor: el claror, el relámpago, el rayo, toda luz vibrante. Estas especies de luz no totalmente divinas con las que el hombre peruano antiguo cree tener aún relaciones profundas, entre su sangre y la materia fulgurante.

¡Zumbayllu! En el mes de mayo trajo Antero el primer zumbayllu al Colegio. Los alumnos pequeños lo rodearon.

- ¡Vamos al patio, Antero!
- ¡Al patio, hermanos! ¡Hermanitos!
Palacios corrió entre los primeros. Saltaron el terraplén y subieron al campo de polvo. Iban gritando:
- ¡Zumbayllu, zumbayllu!

Yo los seguí ansiosamente.

¿Qué podía ser el Zumbayllu!? ¿Qué podía nombrar esta palabra cuya terminación me recordaba bellos y misteriosos objetos? El humilde Palacios había corrido casi encabezando todo el grupo de muchachos que fueron a ver el Zumbayllu; había dado un gran salto para llegar primero al campo de recreo. Y estaba allí, mirando las manos de Antero. Una gran dicha, anhelante, daba a su rostro el esplendor que no tenía antes. Su expresión era muy semejante a la de los escolares indios que juegan a la sombra de los molles, en los caminos que unen las chozas lejanas y las aldeas. El propio “Añuco”, el engreído, el arrugado y pálido “Añuco”, miraba a Antero desde un extremo del grupo; en su cara amarilla, en su rostro agrio, erguido sobre el cuello delgado, de nervios tan filudos y tensos, había una especie de tierna ansiedad. Parecía un ángel nuevo, recién convertido.

Yo recordaba al gran “Tankayllu”, el danzarín cubierto de espejos, bailando a grandes saltos en el atrio de la iglesia. Recordaba también el verdadero tankayllu, el insecto volador que perseguíamos entre los arbustos floridos de abril y mayo. Pensaba en los blancos pinkuyllus que había oído tocar en los pueblos del sur. Los pinkuyllus traían a la memoria la voz de los wak'rapukus, ¡y de qué modo la voz de los pinkuyllus y wak'rapukus es semejante al extenso mugido con que los toros encelados se desafían a través de los montes y los ríos!

Yo no pude ver el pequeño trompo ni la forma cómo Antero lo encordelaba. Me dejaron entre los últimos, cerca del “Añuco”. Sólo vi que Antero, en el centro del grupo, daba una especie de golpe con el brazo derecho. Luego escuché un canto delgado.

Era aún temprano; las paredes del patio daban mucha sombra; el sol encendía la cal de los muros, por el lado del poniente. El aire de las quebradas profundas y el sol cálido no son propicios a la difusión de los sonidos; apagan el canto de las aves, lo absorben; en cambio, hay bosques que permiten estar siempre cerca de los pájaros que cantan. En los campos templados o fríos, la voz humana o la de las aves es llevada por el viento a grandes distancias. Sin embargo, bajo el solo denso el canto del Zumbayllu se propagó con una claridad extraña: parecía tener agudo filo. Todo el aire debía estar henchido de esa voz delgada; y toda la tierra, ese piso arenoso del que parecía brotar.

- ¡Zumbayllu, Zumbayllu!

Repetí muchas veces el nombre, mientras oía el zumbido del trompo. Era como un coro de grandes tankayllus fijos en un sitio, prisioneros sobre el polvo. Y causaba alegría repetir esta palabra, tan semejante al nombre de los dulces insectos que desaparecían cantando en la luz.

Hice un gran esfuerzo; empujé a otros alumnos más grandes que yo y pude llegar al círculo que rodeaba a Antero. Tenía en las manos un pequeño trompo. La esfera estaba hecha de un coco de tienda, de esos pequeñísimos cocos grises que vienen enlatados; la púa era grande y delgada. ¡Cuatro huecos redondos, a manera de ojos, tenía la esfera! Antero encordeló el trompo, lentamente, con una cuerda delgada; le dio muchas vueltas, envolviendo la púa desde su extremo afilado; luego lo arrojó. El trompo se detuvo, un instante, en el aire y cayó después en un extremo del círculo formado por los alumnos, donde había sol. Sobre la tierra suelta, su larga púa trazó líneas redondas, se revolvió lanzando ráfagas de aire por sus cuatro ojos; vibró como un gran insecto cantador, luego se inclinó, volcándose sobre el eje. Una sombra gris aureolaba su cabeza giradora, un círculo negro lo partía por el centro de la esfera. Y su agudo canto brotaba de esa faja oscura. Eran los ojos del trompo, los cuatro ojos grandes que se hundían, como en un líquido, en la dura esfera. El polvo más fino se levantaba en círculo envolviendo al pequeño trompo.

El canto del zumbayllu se internaba en el oído, avivaba en la memoria la imagen de los ríos, de los árboles negros que cuelgan en las paredes de los abismos.

Miré el rostro de Antero. Ningún niño contempla un juguete de ese modo. ¿Qué semejanza había, qué comente, entre el mundo de los valles profundos y el cuerpo de ese pequeño juguete móvil, casi proteico, que escarbaba cantando la arena en la que el sol parecía disuelto?

Antero tenía cabellos rubios, su cabeza parecía arder en los días de gran sol. La piel de su rostro era también dorada; pero tenía muchos lunares en la frente. “Candela” le llamaban sus condiscípulos; otros le decían en quechua “Markask'a»”, “El Marcado”, a causa de sus lunares. Antero miraba el Zumbayllu con un detenimiento contagioso. Mientras bailaba el trompo todos guardaban silencio. Así atento, agachado, con el rostro afilado, la nariz delgada y alta, Antero parecía asomarse desde otro espacio.

De pronto, Lleras gritó, cuando aún no había caído el trompo:

- ¡Fuera, akatank'as! ¡Mirando esa brujería del “Candela”! ¡Fuera, zorrinos!

Nadie le hizo caso. Ni siquiera el “Añuco”. Seguimos oyendo al zumbayllu.

- ¡Zorrinos, zorrinos! ¡Pobres k'echas! (meones) - amonestaba Lleras, con voz casi indiferente.

El zumbayllu se inclinó hasta rozar el suelo; apenas tocó el polvo, la esfera rodo en línea curva y se detuvo.

- ¡Véndemelo! -le grité a Antero-. ¡Véndemelo!

Antes de que nadie pudiera impedírmelo me lancé al suelo y agarré el trompo. La púa era larga, de madera amarilla. Esa púa y los ojos, abiertos con clavo ardiendo, de bordes negros que aún olían a carbón, daban al trompo un aspecto irreal. Para mí era un ser nuevo, una aparición en el mundo hostil, un lazo que me unía a ese patio odiado, a ese valle doliente, al Colegio. Contemplé detenidamente el juguete, mientras los otros chicos me rodeaban sorprendidos.

- ¡No le vendas al foráneo! - pidió en voz alta el “Añuco”.
- ¡No le vendas a ése! - dijo otro.
- ¡No le vendas! -exclamó con voz de mando, Lleras-. No le vendas, he dicho.

Lleras se abrió paso a empujones y se paró frente a Antero. Le miré a los ojos. Yo sé odiar, con pasajero pero insofrenable odio. En los ojos de Lleras había una especie de mina de poco fondo, sucia y densa.

¿Alguien había detenido el relámpago turbio de sus ojos? ¿Algún pequeño había permanecido quieto delante de él, mirándolo con odio creciente, arrollador de todo otro sentimiento?

- Te lo vendo, forastero. ¡Te lo regalo, te lo regalo! -exclamó Antero, cuando aún la mirada de Lleras chocaba contra la mía.

Abracé al “Markask'a”, mientras los otros hacían bulla, como si aplaudieran.

- Deja a los k'echas, campeón - habló el “Añuco” con cierta dulzura.
- ¡Regalo éstos también! - dijo Antero. Y echó al aire varios zumballus.

Los chicos pelearon alegremente por apoderarse de los trompos. Lleras y “Añuco” se fueron al patio de honor.

Los dueños de los otros zumbayllus improvisaron cordeles; reunidos en pequeños grupos empezaron a hacer bailar sus trompos. Se oía la voz de algunos zumbayllus. Desde los extremos del patio llegaba el zumbido leve y penetrante.

Era como si hubiera venido desde algún bosque de arbustos floridos una tropa pequeña de insectos cantadores, que extraviados en el patio seco se levantaran y cayeran en el polvo.

Rogué a Antero que lanzara su trompo. Junto a nosotros se volvió a reunir el grupo más numeroso de alumnos. Nadie hacía bailar el trompo durante más tiempo ni con la intensidad que Antero. Sus dedos envolvían al trompo como a un gran insecto impaciente. Cuando tiraba de la cuerda, la gris esfera se elevaba hasta la altura de nuestros ojos, y caía lentamente.

- Ahora tú -me dijo-. Ya has visto cómo lo hago bailar.

Yo tenía la seguridad de que encordelaría bien el zumbayllu y que lo lanzaría como era debido. Estaba impaciente y temeroso. Agarré el trompo y empecé a envolverle la cuerda. Ajustaba el cordel en la púa, ciñendo las vueltas lentamente y tirando fuerte. Aseguré el trompo entre mis dedos, en la mano izquierda; saqué el extremo de la cuerda por el arco que formaban el índice y el anular, como lo había visto hacer al «Candela».

- ¡Pretensión del foráneo!
- ¡El forasterito!
- ¡El sonso!

Empezaron a gritar los abanquinos.

- Este juego no es para cualquier forastero. Pero Antero, que me había estado observando atentamente, exclamó:
- ¡Ya está! ¡Ya está, hermano!

Tiré de la cuerda, cerrando los ojos. Sentí que el zumbayllu giraba en la palma de mi mano. Abrí los dedos cuando todo el cordel se desenrolló. El zumbayllu saltó silbando en el aire; los alumnos que estaban de pie se echaron atrás; le dieron campo para que cayera al suelo. Cuando lo estuve contemplando, ante el silencio de los otros chicos, tocaron la campana anunciando el fin del recreo. Huyeron casi todos los alumnos del grupo. Sólo quedaron dos o tres, ante quienes Antero me felicitó solemnemente.

- ¡Casualidad! —dijeron otros.
- ¡Zumbayllero de nacimiento! - afirmó el “Candela” - ¡Como yo, zumbayllero!

La base de sus cabellos era casi negra, semejante a la vellosidad de ciertas arañas que atraviesan lentamente los caminos después de las lluvias torrenciales. Entre el color de la raíz de sus cabellos y sus lunares había una especie de indefinible pero clara identidad. Y sus ojos parecían de color negro a causa del mismo inexplicable misterio de su sangre.
[…]

pp. 362-364:

A la salida del templo, bajo el sol radiante, la banda de músicos tocó una marcha. Era una banda numerosa, desfilaron de cuatro en fondo, hacia el centro del parque. Los últimos soldados quedaron iluminados, como reducidos por los grandes instrumentos metálicos que cargaban.

- ¡Soldaditos, soldaditos! - gritaban algunos chicos, y todos los seguimos.

No habíamos oído nunca, la mayor parte de los niños de Abancay, una gran banda militar. Los pequeños soldados que cargaban, en las últimas filas, esos inmensos instrumentos, nos regocijaban; saltábamos de dicha. El director tenía dos galones dorados, de sargento; era muy alto; una hermosa barriga le daba solemnidad a su gran estatura.

Formó la banda en la glorieta del parque. Yo estaba con Palacitos y el “Chipre”. Los clarinetes negros y sus piezas de metal, tan intrincadas, nos cautivaron; yo miraba funcionar los delgados brazos de plata que movían los tapones, cómo descubrían y cerraban los huecos del instrumento, cómo dejaban escapar el aire y los sonidos tan distintos. Los saxofones brillaban íntegramente; los soldados los levantaban dirigiéndolos hacia nosotros. Cantaban con voz de seres humanos, estos instrumentos plateados en los que no se veía ni un trozo de madera ni de metal amarillo. Sostenían un tono, largamente, con dulzura; la voz grave inundaba mi alma. No era como la del gran pinkuyllu del sur ni como la del wak’rapuku chanka. En esa plaza caldeada, el saxofón tan intensamente plateado, cantaba como si fuera el heraldo del sol; sí, porque ningún instrumento que vi en los pueblos de los Andes, ningún instrumento que mestizos e indios fabrican tienen relación con el sol. Son como la nieve, como la luz nocturna, como la voz del agua, del viento o de los seres humanos. Sólo ese canto de los saxofones y de las trompetas metálicas que los soldados elevaban jubilosamente, me parecía que iba al sol y venía de él. Uno de los músicos, que tocaba trombón, hacía funcionar el émbolo, como un héroe de circo. Los tamboriles y el tocador del platillo parecían brujos o duendes benéficos; veíamos en el aire algún percutor de redoblante, girando. A instantes callaban los bajos y escuchábamos la melodía en los clarinetes y saxofones; y luego, como un río sonoro, dominado, que llegara de repente con todo su caudal a un bosque donde cantaran calandrias, elevaban su voz, sacudiendo las barandas y el techo de la glorieta, los instrumentos metálicos, los trombones y los discos que marcaban el compás. Un soldado en cuyo pecho resaltaban los botones dorados del uniforme, golpeaba los discos. Yo no sabía que tenían un nombre tan escaso, “platillos”. Los chocaba a veces con furia; los hacía estallar y me parecía extraño que no saltaran de esos golpes, por el filo de los discos, culebrillas de fuego. Los miraba, a ratos, atentamente, esperando.

No sólo la plaza; la fachada del templo, cubierta de cal; las torres, los balcones, las montañas y los bosques ralos que escalaban por las faldas de la cordillera, hasta cerca de la región helada; el cielo despejado en que el sol resplandecía; todo estaba encantado por la música de la banda del regimiento, por la armonía impuesta a tantos instrumentos misteriosos. El director no nos miraba. A cada instante que pasaba nos parecía más poderoso, de mayor estatura; su majestuosa barriga debía cumplir alguna misión indispensable en la forma como él hacía callar a unos músicos, apaciguaba con las manos los sonidos o, repentinamente, ponía en marcha las trompetas.
Cuando tocaron un huayno, se levantó un alarido alrededor de la glorieta.
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Video

Reportaje sobre la vida y obra de José María Arguedas
"A las 11 con Hildebrandt" (dic. 2002)


parte 2
parte 3


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Links

Pachachaka, puente sobre el mundo: Narrativa, memoria y símbolo en la obra de José María Arguedas - Carlos Huamán (vista parcial)
Las cartas de Arguedas - John V. Murra & Mercedes López-Baralt (eds.) (vista parcial)
Apuntes inéditos. Celia y Alicia en la vida de Jose María Arguedas - Carmen Pinilla (ed.) (vista parcial)
La mesa redonda sobre "Todas las sangres" del 23 de junio de 1965 - Guillermo Rochabrun (ed.) (vista parcial)




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octubre 21, 2009

Sobre los castañuelistas en la música peruana


Fuente:
El waltz y el valse criollo
César Santa Cruz Gamarra
Lima: Concytec, 1989, 2da. ed
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Durante los años de la segunda década del 900, las "reuniones", es decir, las fiestas en el barrio, las fiestas familiares de quienes viven en cuarto de callejón, en "tienda" y aun en "casa-americana"(4) siguen desarrollándose de acuerdo al planteamiento que describí en párrafos anteriores: serenata, santo, corcova; animación musical a cargo de gente amiga; refuerzo de menaje y vajilla por colaboración de la "amiga del alma"; presupuesto de gastos a cargo de la persona oferente (dueña del santo o padres del nuevo cristiano) financiado en base al ahorro realizado durante buen número de meses y con detrimento del presupuesto familiar.


Mencionar la vajilla me recuerda a un pintoresco personaje, ocasional animador en la alegría criolla: el "tocador de cucharas". Pero él nos lleva a otro personaje que no puede pasar inadvertido en un recuento o revisión de música y músicos populares costeños: el "tocador de castañuelas". Al castañuelista se le encuentra, siempre, como un complemento de los conjuntos en los cuales la melodía está confiada a la voz humana y no a uno o más instrumentos musicales. El castañuelista es, pues, percusionista del grupo y a veces canta y toca los palillos. Pedro Torres ("Don Pedrito") quien fuera integrante del conjunto inicial "Fiesta Criolla", cuando era muy joven, allá por 1921, recorría las calles del barrio "La Victoria" cantando aires criollos al mismo tiempo que se acompañaba con las castañuelas. Recorría las calles -digo- porque, en efecto, sirviendo de acompañante a un amigo suyo, vendedor de ron de quemar, iba sobre una pequeña carreta -en la que se había acondicionado una barrica conteniendo el combustible- que era halada por una ágil mulilla. Las canciones y castañuelas de Pedro Torres eran más efectivas que la campanilla empleada por su amigo, para atraer a las amas de casa a proveerse de la inflamable mercancía.


Hubo muchos castañuelistas extraordinarios como Pedro Torres en la época brillante de la música criolla. Indudablemente, las castañuelas llegan al Perú con las danzas y aires españoles; la presencia de ellas en la interpretación del vals resulta prueba definitiva de un consciente propósito de asociar la jota con la danza recién llegada.


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4. La "tienda", no era una tienda de negocio propiamente. Se daba el nombre de "tienda" a la casa-habitación con puerta principal a la calle, con el propósito de distinguirla del modesto "cuarto de callejón". La puerta de la tienda fabricábase de una o dos hojas simples -sin postigos- carente de adornos y sin ventana complementaria, al lado. En el interior: dos o tres cuartos, más el corral-cocina. Era todo. Algunos vecinos distinguidos vivían en lo que se conocía como "casita americana", casa habitación, cuya puerta principal se encuentra en la propia calle. Dicha puerta es de dos hojas con postigos protegidos con artísticas rejillas de hierro; la puerta formaba un todo con una ventana complementaria en su parte superior, la misma que lucía protegida y adornada con su correspondiente rejilla. Invariablemente, estas casas tenían, junto a la puerta, una gran ventana; igualmente enrejada en su totalidad, o hasta la parte media -simulando una especie de gracioso balcón-. La distribución interior de la vivienda brindaba las comodidades elementales como ser: escritorio, saloncito, comedor, baño; a veces un pequeño patio interior y, por supuesto, dormitorios.



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Video

"Embustera" (polca)
Autor: Miguel Correa
Los Romanceros Criollos
Cajón: Julio Vasquez
Castañuelas: Cocoita Samame
Programa Medio Dia Criollo (años 90's)





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octubre 11, 2009

Una voz, una presencia

Arturo "Zambo" Cavero (nov. 1940- oct. 2009) nos dijo adiós, o más bien, hasta la próxima, dejándonos el legado preciado de sus interpretaciones de música costeña. Era fundamentalmente intérprete, de voz tan potente como expresiva, que entregaba sin reservas a su público. Pero también fué maestro de escuela, y cajoneador (o cajonista...), y sobretodo -de buena fuente viene-, honrado y buena persona. Si bien sus interpretaciones más famosas suelen ser las "patrióticas", en mi parecer lo mejor de su repertorio es la música negra y los valses poéticos (como "La abeja"). La marinera limeña encontrada en goear también es una bonita interpretación a dúo con su partenaire ideal, el Maestro Oscar Avilés. Más allá de la cuestión mediática de estos días, lo más verdadero que nos queda, son sus grabaciones y la memoria de una vida dedicada a la música peruana. Su voz es su presencia indeleble.
//m. cornejo




Discografía

“Arturo Zambo Cavero”, con Óscar Avilés.
“El Chacombo”, con Óscar Avilés.
“Los únicos”, con Óscar Avilés.
“Mueve tu cu-cu”, con Lucila Campos.
“Seguimos valseando festejos”, con Lucila Campos y Óscar Avilés.
“Siempre”, con Óscar Avilés.
“Y siguen festejando juntos”, con Lucila Campos y Óscar Avilés.
“¡Qué tal trío!”, con Lucila Campos y Óscar Avilés.


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Audio

El chacombo - (clik)
Festejo (D.R.)
Arturo "Zambo" Cavero y Oscar Aviles



A donde Panchita Mata
cuando vino de maestra,
fuimos catorce en la orquesta
a darle una serenata
yo tocaba con la pata
en un tarro viejo e combo
el que tocaba el chacombo
era un tuerto desconfiado
y había que tener cuidado
con el anafre de chocolate
un centavito de anís,
diez centavos de maíz,
un pedacito de queso,
y armado todito eso (bis)
a todos los invitó
curruncun a curruncun (bis)




Yo canto a mi tierra - (clik)
Marinera de Lima (canto de jarana) y Resbalosa
Arturo "Zambo" Cavero y Oscar Aviles



Quiero cantarle a mi tierra,
versos de mi inspiración,
y decirle a todo el mundo,
la quiero de corazón
ay, quiero cantarle a mi tierra

En esta tierra linda es donde ha nacido
la flor de la canela, jardín florido

Aparte del festejo, y las marineras
ay, tenemos resbalosas para quien quiera
ay, vamos señora Rosa, la resbalosa

(intermedio recitado)
¡Alza la voz pregonero
y cuando pregones dí!
¡no hay plazo que no se cumpla
ni amor que no tenga fin!

(Resbalosa)
Hermosa peruana,color piel canela
color piel canela, piel de picarón
arriba las palmas, de la emoción
cuando se baila al golpe de un cajón

Jacarandosa, alegre y jaranera
lindo dibuja tus pies la marinera
hermosa peruana, muestra tu saber
y que viva el suelo que te vió (bis)
¡viva el suelo que te vió nacer!

¡Ay, no hay tierra como esta tierra
como esta tierra que es tierra!

Jacarandosa, alegre y jaranera
lindo dibuja tus pies la marinera
hermosa peruana, muestra tu saber
y que viva el suelo que te vió (bis)
¡viva el suelo que te vió nacer!
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Link

Zambo Cavero - César Hildebrandt